Servicio y generosidad
Una nota de impuestos y un hombre que habló paz
Lectura · Ester 10:1-3
1Y EL rey Assuero impuso tributo sobre la tierra y las islas de la mar.
2Y toda la obra de su fortaleza, y de su valor, y la declaración de la grandeza de Mardochêo, con que el rey le engrandeció, ¿no está escrito en el libro de los anales de los reyes de Media y de Persia?
3Porque Mardochêo Judío fué segundo después del rey Assuero, y grande entre los Judíos, y acepto á la multitud de sus hermanos, procurando el bien de su pueblo, y hablando paz para toda su simiente.
El libro de Ester, después de una historia de amenaza y de rescate, termina con una nota de impuestos: «Y EL rey Assuero impuso tributo sobre la tierra y las islas de la mar». Tributo es lo que hoy llamaríamos impuesto. Es un dato seco, como el aviso de una oficina, y el texto no lo comenta. Parece el regreso a lo ordinario: después de tanto sobresalto, un imperio sigue con sus cuentas.
El segundo detalle es una pregunta que el propio texto hace: las obras de fortaleza y de valor del rey, y la grandeza que dio a Mardoqueo, «¿no está escrito en el libro de los anales de los reyes de Media y de Persia?». Los anales son el registro, año por año, de un reino. El libro sagrado no se detiene en las hazañas del rey: señala otro registro y sigue con lo suyo. Hasta donde sabemos, aquel registro no ha llegado hasta nosotros, y este libro sí.
Lo que el libro quiere dejar dicho es esto de Mardoqueo: «fué segundo después del rey Assuero, y grande entre los Judíos, y acepto á la multitud de sus hermanos». Acepto quiere decir bien recibido, querido. Y lo que sigue no habla de una hazaña, sino de algo que se hacía y se seguía haciendo: «procurando el bien de su pueblo, y hablando paz para toda su simiente». Simiente es la descendencia. No hay batalla ni discurso célebre: hay buscar el bien y hablar paz, desde el lugar que le tocó.
El pasaje no menciona a Dios. Quien lee con fe, sin embargo, ve en esta calma final el rastro de un cuidado que sostuvo a un pueblo amenazado, y lo hizo con medios sencillos: una reina, un hombre a la puerta del rey, un lugar de influencia bien usado. Esto no promete que todo salga siempre así. Muestra que Dios puede sostener a los suyos aun cuando su nombre no se pronuncia, y que su cuidado puede pasar por personas que hacen bien lo que les toca.
Hoy casi nadie llega a ser el segundo después del rey, pero casi todos tenemos algún lugar donde nuestra voz pesa: la cabecera de la mesa familiar, un equipo de trabajo, el grupo de mensajes del curso, el cuidado de una persona enferma. Ese lugar es el pueblo de cada uno. Buscar allí el bien y hablar paz puede empezar tan bajo como no repetir una frase que enciende una pelea, o escribirle a quien quedó fuera. Y para quien sigue a Jesús, el modelo es el Rey que, siendo el primero, se puso al servicio de todos y dejó su paz a los suyos.
Te invito a algo concreto para hoy. Elige una conversación, en tu casa o en tu trabajo, donde tu voz tenga peso, y entra en ella con una sola intención: buscar el bien de la otra persona y hablarle paz. No hace falta un discurso; basta una frase dicha con calma y a tiempo. Puede que ningún registro la anote, y aun así habrá hecho su trabajo.
Para vivirlo hoy
Toma cinco minutos, apaga el teléfono y lee despacio, tres veces, esta frase: «procurando el bien de su pueblo, y hablando paz». Después quédate un minuto en silencio y deja que venga a tu mente un lugar concreto de tu vida donde tienes voz. No hace falta decidir nada todavía; basta con verlo.
Para meditar
- ¿Cuál es el pueblo, grande o pequeño, sobre el que tu voz tiene peso hoy?
- ¿Qué cambiaría en tu día si tu primera pregunta al entrar a una conversación fuera qué bien puedo procurar aquí?
- ¿Qué consuelo te da saber que hay historias, como esta, donde Dios cuida sin que su nombre se pronuncie?
Oración
Dios fiel, tú sostienes la historia de tu pueblo aun en las páginas donde tu nombre no aparece, como en el final del libro de Ester. Gracias por Mardoqueo, que buscó el bien de los suyos y les habló paz desde el lugar que se le dio. Dame esa misma dirección con la voz que tengo, en mi casa, en mi trabajo y en mis conversaciones. Que mis palabras busquen el bien y sirvan a la paz de otros. Guarda a quienes hoy están amenazados y no tienen quien hable por ellos. Amén.