Salvación y redención
Un camino al santuario que se abrió una sola vez
Lectura · Hebreos 9:1-15
1TENÍA empero también el primer pacto reglamentos del culto, y santuario mundano.
2Porque el tabernáculo fué hecho: el primero, en que estaban las lámparas, y la mesa, y los panes de la proposición; lo que llaman el Santuario.
3Tras el segundo velo estaba el tabernáculo, que llaman el Lugar Santísimo;
4El cual tenía un incensario de oro, y el arca del pacto cubierta de todas partes alrededor de oro; en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto;
5Y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en particular.
6Y estas cosas así ordenadas, en el primer tabernáculo siempre entraban los sacerdotes para hacer los oficios del culto;
7Mas en el segundo, sólo el pontífice una vez en el año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo:
8Dando en esto á entender el Espíritu Santo, que aun no estaba descubierto el camino para el santuario, entre tanto que el primer tabernáculo estuviese en pie.
9Lo cual era figura de aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios que no podían hacer perfecto, cuanto á la conciencia, al que servía con ellos;
10Consistiendo sólo en viandas y en bebidas, y en diversos lavamientos, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de la corrección.
11Mas estando ya presente Cristo, pontífice de los bienes que habían de venir, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es á saber, no de esta creación;
12Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, mas por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención.
13Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y la ceniza de la becerra, rociada á los inmundos, santifica para la purificación de la carne,
14¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció á sí mismo sin mancha á Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras de muerte para que sirváis al Dios vivo?
15Así que, por eso es mediador del nuevo testamento, para que interviniendo muerte para la remisión de las rebeliones que había bajo del primer testamento, los que son llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
Piensa en esas puertas a las que uno llega y no puede pasar: la ventanilla que cierra a las cinco, la oficina donde entra una sola persona a la vez, la sala de espera donde hay que aguardar. Uno se queda en el pasillo, mirando una puerta cerrada. Algo así de reservado describe este pasaje, pero con un pasillo que duró mucho tiempo, y con una puerta que daba al lugar más santo.
El texto empieza por el primer pacto y recorre el tabernáculo, la tienda de culto. En la primera parte estaban las lámparas, la mesa y los panes que se ponían delante de Dios. Tras el segundo velo estaba el lugar más santo: un incensario de oro, el arca del pacto cubierta de oro, una urna con el maná, «la vara de Aarón que reverdeció» y las tablas del pacto. Encima, querubines de gloria cubrían el propiciatorio, la tapa del arca.
Luego viene el servicio. Los sacerdotes entraban siempre a la primera parte. Al lugar más santo entraba solo el pontífice, el sumo sacerdote, una vez al año, y «no sin sangre», que ofrecía por sí mismo y por los pecados que el pueblo cometía sin darse cuenta. Hoy este cuadro nos suena lejano y hasta duro: sangre de animales, un solo hombre, un solo día. Pero muestra algo de Dios: que su presencia es santa, y que el pecado, aun el que se comete sin querer, no le da igual.
El Espíritu Santo daba a entender con eso que «aun no estaba descubierto el camino para el santuario» mientras el primer tabernáculo siguiera en pie. Aquellas ofrendas «no podían hacer perfecto, cuanto á la conciencia, al que servía con ellos»: por dentro, donde pesa lo que uno hizo, no terminaban la obra. Hoy no ofrecemos animales, pero conocemos el ritual: pedir perdón de más, compensar con trabajo, y a veces la conciencia sigue sin descanso.
Entonces entra Cristo, pontífice de los bienes que iban a venir, por un tabernáculo más perfecto. No entró con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino «por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario», y obtuvo una eterna redención, un rescate que no hay que repetir. Si la sangre de animales purificaba la carne, cuánto más la de Cristo, que se ofreció a sí mismo sin mancha: «limpiará vuestras conciencias de las obras de muerte».
Por eso es mediador de un nuevo pacto: su muerte alcanza incluso las rebeliones cometidas bajo el primer pacto, para que los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Lo que este pasaje afirma de Dios es firme: es santo, se toma en serio el pecado, y aun así, en Cristo, abrió el camino. Y no lo hizo para que sirvamos a una idea ni a un objeto de culto, sino «al Dios vivo».
Para vivirlo hoy
Recuerda a alguien con quien quedó algo pendiente entre los dos, sin importar de qué lado. Esta semana, dile con una frase sencilla, por mensaje o de palabra, que quieres dejarlo atrás, sin repasar quién tuvo la culpa. Puedes hacerlo porque el perdón que Cristo consiguió no hubo que repetirlo: se ofreció una sola vez.
Para meditar
- ¿Qué puerta cerrada, real o imaginaria, has sentido entre tú y Dios, y qué cambia saber que en Cristo el camino ya fue descubierto?
- ¿Qué rituales de excusa o de compensación repites para sentir paz por dentro, y qué sería confiar hoy en la obra ya hecha?
- Si su sangre limpia la conciencia para servir al Dios vivo, ¿a quién o a qué te gustaría servir con esa libertad esta semana?
Oración
Gracias porque el camino al santuario, que antes no estaba descubierto, hoy tiene nombre y es Jesús. Gracias porque no entró con sangre ajena, sino que se ofreció a sí mismo sin mancha, una sola vez. Gracias porque tu perdón limpia por dentro, donde pesa lo que hice y lo que callé, y me deja libre para servirte a ti, el Dios vivo. Enséñame a acercarme sin ensayar excusas, y a ofrecer a otros el perdón que recibí. Amén.