Gracia y perdón
Todos nuestros pecados, echados al fondo de la mar
Lectura · Miqueas 7:19-20
19El tornará, él tendrá misericordia de nosotros; él sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados.
20Otorgarás á Jacob la verdad, y á Abraham la misericordia, que tú juraste á nuestros padres desde tiempos antiguos.
«Echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados». La mar es una manera antigua de decir el mar, y esta frase forma parte de las últimas líneas del libro de Miqueas. Fíjate en quién habla: no dice los pecados de otros, dice nuestros. Quien habla se pone dentro. Y alrededor de esa frase hay una fila de gestos de Dios, uno detrás de otro: volverá, tendrá misericordia, dominará lo que nos domina y echará al fondo lo que pesaba.
Antes de esa frase el texto dice «El tornará», que quiere decir que se vuelve hacia su pueblo, y añade: «él tendrá misericordia de nosotros». Enseguida agrega que «él sujetará nuestras iniquidades», y sujetar significa aquí dominar, tener bajo control. Una manera de leerlo: Dios no solo perdona lo hecho, sino que se ocupa también de lo que nos domina. Perdón y fuerza van juntos.
El versículo 20 da un giro: el texto deja de hablar de Dios y le habla a él. «Otorgarás á Jacob la verdad, y á Abraham la misericordia, que tú juraste á nuestros padres desde tiempos antiguos». La misericordia que aquí se espera no se improvisa hoy: viene de un juramento hecho mucho antes. Dios da lo que juró, y su misericordia tiene raíz en él mismo y en su palabra dada.
Mira lo que el pasaje no dice. No dice que Dios mire hacia otro lado ni que el pecado sea poca cosa. Lo hace un asunto suyo: él vuelve, él tiene misericordia, él sujeta, él echa al fondo. Cuatro veces quien actúa es Dios. Y el fondo del mar es la imagen de un lugar al que nadie baja a buscar: lo que allí queda no vuelve a subir con la marea de la memoria.
Muchos cargamos con recuerdos que sacamos a flote una y otra vez: una palabra que dijimos, algo que dejamos de hacer, un error de hace años. Y con los demás hacemos lo mismo: guardamos la cuenta de lo que nos hicieron. El pasaje invita a otra costumbre. Si lo que Dios echa al fondo lo dejamos allí, cambia nuestra manera de acercarnos a él: ya no vamos a defendernos, vamos a recibir. Y lo que se nos concede nos enseña qué podemos ofrecer a otros.
El texto no nombra a Jesús, pero quien lee con fe cristiana ve en él la misericordia jurada a Abraham hecha persona. Lo que aquí se anuncia con palabras, un Dios que vuelve, tiene misericordia y echa lejos lo que nos pesaba, se hizo visible cuando Jesús se acercó a la gente y cargó con lo que nadie podía cargar. En Jesús, Dios ya se volvió hacia nosotros.
Para vivirlo hoy
Nombra, aunque sea para tus adentros, a una persona concreta a quien le guardas un malentendido o un descuido de hace tiempo. Esta semana, llámala o escríbele una frase sencilla que deje eso en el fondo: que lo diste por saldado. Un solo nombre, una sola frase, y luego no vuelvas a sacarlo a flote.
Para meditar
- ¿Qué recuerdo del pasado sigues sacando a flote una y otra vez, aunque ya se lo hayas entregado a Dios?
- ¿Qué cambia en tu forma de acercarte a Dios saber que su misericordia no la improvisa hoy, sino que viene de un juramento antiguo?
- ¿A quién le guardas una cuenta pendiente que hoy podrías dejar en el fondo?
Oración
«Él tendrá misericordia de nosotros»: con esas palabras de tu Palabra me acerco hoy, Dios fiel. Toma lo que llevo en la memoria y no sé cómo soltar, y échalo a lo profundo, donde nadie lo busca. Sujeta lo que en mí sigue dominando, porque por mis fuerzas no puedo. Y, como cumpliste lo que juraste a Abraham, cumple en mí tu misericordia. Gracias por Jesús, en quien la veo con nombre y con rostro. Amén.