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Trabajo y vocación

Las piedras más caras están bajo tierra

Lectura · 1 Reyes 5:17-18

17Y mandó el rey que trajesen grandes piedras, piedras de precio, para los cimientos de la casa, y piedras labradas.

18Y los albañiles de Salomón y los de Hiram, y los aparejadores, cortaron y aparejaron la madera y la cantería para labrar la casa.

1 Reyes 5:17-18

Las piedras más costosas de la casa que Salomón levanta para Dios están bajo tierra. El rey manda traer «grandes piedras, piedras de precio, para los cimientos de la casa», y los cimientos, por su naturaleza, quedan enterrados. Quien entre allí no las verá ni podrá admirarlas. Sin embargo, estos dos versículos se detienen en ellas: lo que sostiene todo es lo primero que se paga y lo primero que se esconde.

El rey no trabaja solo. Los albañiles de Salomón y los de Hiram, junto con los aparejadores, «cortaron y aparejaron la madera y la cantería para labrar la casa». Aparejar quiere decir preparar y dejar a medida; la cantería es la piedra trabajada. Antes de que se levante una sola pared, hay gente cortando, midiendo y preparando material lejos de la mirada. El texto no da el nombre de ninguno. Dos equipos distintos trabajan juntos, cada cual en lo suyo, para una sola casa.

Dios no es nombrado en estos dos versículos. Aun así, todo este esfuerzo apunta a una casa hecha para Él, y quien lee con fe entiende que esa obra tiene otro peso: lo que se hace para Dios merece lo mejor, y no solo lo que luce. El pasaje no dice que Dios necesite esa casa; muestra más bien a personas que, con piedra y madera, dicen con las manos que Él es digno de cuidado.

Casi todos tenemos un trabajo de cimientos: cuidar a alguien, cuadrar una cuenta, preparar una clase, sostener una casa, orar a solas. Nadie aplaude los cimientos: no salen en la foto de la casa terminada, y aun así todo lo demás depende de ellos. Es fácil pensar que lo que no se ve no cuenta. Jesús habló de un Padre que ve lo que se hace en secreto. Lo escondido no es menos importante para Dios; suele ser lo que más sostiene.

Otros pasajes de la Biblia hablan de una piedra escogida y preciosa puesta como cimiento, y el Nuevo Testamento la reconoce en Jesús. No es lo que dice este texto, pero lo ilumina: Él es la piedra de precio que sostiene la casa de Dios, y esa casa somos las personas que creemos en Él. Nuestra vida, con sus tareas pequeñas, descansa sobre algo que no se mueve.

Piensa en una casa de la que solo se ven las paredes y el techo. Debajo, sin nombre y sin adorno, unas piedras grandes cargan todo el peso, de día y de noche. Así puede ser tu jornada de hoy: un peso que nadie ve, apoyado sobre algo firme.

Para vivirlo hoy

Aparta cinco minutos hoy en un lugar tranquilo. Lee despacio, dos o tres veces, la frase «grandes piedras, piedras de precio, para los cimientos de la casa». Después quédate en silencio y deja que venga a tu mente una tarea tuya que sostiene a otros sin que nadie la vea. No hace falta resolver nada; basta con dar gracias a Dios por ella.

Para meditar

  • ¿Cuál es hoy tu trabajo de cimientos, ese que sostiene algo y casi nadie nota?
  • Los albañiles de Salomón y los de Hiram trabajaron juntos, cada cual en lo suyo. ¿Con quién compartes hoy una tarea que solo sale bien entre varios?
  • ¿Qué te cuesta más: hacer bien algo que nadie verá, o confiar en que Dios lo ve?

Oración

«Piedras de precio, para los cimientos de la casa.» Que eso sea lo que hoy ponga en la base de mi vida: lo valioso, aunque nadie lo vea. Dame paciencia para las tareas de abajo, esas que sostienen y no lucen. Que mi oración a solas, mi trabajo bien hecho y mis pequeñas fidelidades sean tuyos. Gracias porque Jesús es el cimiento que no se mueve, y sobre él puedo descansar. Amén.

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