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Santidad y pureza

Hasta las ollas comunes serán santas para Jehová

Lectura · Zacarías 14:15-21

15Y tal como esto será la plaga de los caballos, de los mulos, de los camellos, de los asnos, y de todas las bestias que estuvieren en aquellos campamentos.

16Y todos los que quedaren de las gentes que vinieron contra Jerusalem, subirán de año en año á adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, y á celebrar la fiesta de las Cabañas.

17Y acontecerá, que los de las familias de la tierra que no subieren á Jerusalem á adorar al Rey, Jehová de los ejércitos, no vendrá sobre ellos lluvia.

18Y si la familia de Egipto no subiere, y no viniere, sobre ellos no habrá lluvia; vendrá la plaga con que Jehová herirá las gentes que no subieren á celebrar la fiesta de las Cabañas.

19Esta será la pena del pecado de Egipto, y del pecado de todas las gentes que no subieren á celebrar la fiesta de las Cabañas.

20En aquel tiempo estará sobre las campanillas de los caballos: SANTIDAD Á JEHOVÁ; y las ollas en la casa de Jehová serán como los tazones delante del altar.

21Y será toda olla en Jerusalem y en Judá santidad á Jehová de los ejércitos: y todos los que sacrificaren, vendrán y tomarán de ellas, y cocerán en ellas: y no habrá más Cananeo alguno en la casa de Jehová de los ejércitos en aquel tiempo.

Zacarías 14:15-21

¿Puede alguien que llegó como enemigo terminar adorando? Este pasaje responde que sí: «todos los que quedaren de las gentes que vinieron contra Jerusalem, subirán de año en año á adorar al Rey, Jehová de los ejércitos». Las gentes son aquí las naciones, los pueblos que atacaron la ciudad. Los que sobreviven no vuelven a atacar: suben, y suben cada año, a celebrar la fiesta de las Cabañas. El Dios de Israel resulta ser también el Rey de quienes vinieron contra su ciudad.

Pero antes de esa escena hay una dureza que no conviene esquivar. El pasaje empieza hablando de una plaga que alcanza a los caballos, los mulos, los camellos, los asnos y las demás bestias de aquellos campamentos. La guerra contra el pueblo de Dios termina en desastre para el que ataca. Es una página de juicio, contada sin adornos. No hace falta suavizarla ni convertirla en amenaza: lo que muestra es que contra el Rey, Jehová de los ejércitos, nadie gana peleando.

Luego el texto se vuelve severo con quienes no suban: las familias de la tierra que no vayan a adorar al Rey se quedarán sin lluvia. A Egipto se le nombra aparte, y su suerte se resume así: «Esta será la pena del pecado de Egipto». Pena es aquí castigo, y duele leerlo. Lo que muestra de Dios es que su reinado alcanza a todas las familias de la tierra, y que la lluvia viene de su mano.

Y entonces el pasaje da un giro que sorprende: «En aquel tiempo estará sobre las campanillas de los caballos: SANTIDAD Á JEHOVÁ». Las campanillas, esas pequeñas campanas de los caballos, son cosa de camino y de trabajo, nada de templo. Y las ollas de la casa de Jehová serán como los tazones delante del altar; toda olla en Jerusalén y en Judá será «santidad á Jehová de los ejércitos». Lo común se vuelve santo sin dejar de ser lo que es: los que sacrifiquen vendrán, tomarán de ellas y cocinarán en ellas.

La última frase también es firme: «no habrá más Cananeo alguno en la casa de Jehová de los ejércitos». No hay que forzarla. Una manera de leerlo es junto al resto: como toda la casa pertenece a Dios, ya no queda lugar allí para lo que le es ajeno. Quien sigue a Jesús puede oír aquí un aviso de algo mayor, que el Nuevo Testamento afirma: la santidad ya no queda guardada en una sola persona ni en un solo lugar, sino que alcanza a todo un pueblo de Dios.

Hoy tienes tus propias ollas, tazas y llaves, como cualquiera. Esa vida común es justamente el lugar donde este pasaje pone el nombre de Dios. Te invito a que hoy, al tomar en las manos algo de todos los días, lo hagas despacio y digas por dentro: esto también es de Dios.

Para vivirlo hoy

Invita a alguien de tu vida a compartir algo sencillo en tu mesa, un café, un plato de sopa o unas galletas. Elige a una persona con quien te has distanciado o con quien casi nunca hablas. Sírvele en tu vajilla de siempre. No necesitas preparar un discurso: lo común también puede estar al servicio de Dios.

Para meditar

  • ¿Qué te muestra sobre Dios que un pasaje tan severo termine hablando de ollas y de adoración?
  • ¿Qué objeto o tarea de tu día común podrías dedicar a Dios hoy, sin que deje de ser lo que es?
  • ¿Quién en tu vida se ha vuelto lejano y podría volver a sentarse a tu mesa si tú das el primer paso?

Oración

¡Qué asombroso que el Rey, Jehová de los ejércitos, reciba como adoradores a quienes llegaron como enemigos! Gracias porque tu reinado alcanza a todas las familias de la tierra y porque nada de lo que tenemos en las manos es demasiado común para ti. Ayúdame a vivir lo cotidiano, la cocina, el camino y el trabajo, como algo tuyo. Ablanda lo que me distancia de otras personas y abre en mí un lugar para recibirlas. Reconozco que la lluvia y todo lo que sostiene la vida vienen de ti. Amén.

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