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Amor

Ha pasado el invierno: la voz que se asoma por la ventana

Lectura · Cantar de los Cantares 2:1-17

1YO soy la rosa de Sarón, y el lirio de los valles.

2Como el lirio entre las espinas, así es mi amiga entre las doncellas.

3Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los mancebos: bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fué dulce á mi paladar.

4Llevóme á la cámara del vino, y su bandera sobre mí fué amor.

5Sustentadme con frascos, corroboradme con manzanas; porque estoy enferma de amor.

6Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace.

7Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalem, por las gamas y por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera.

8¡La voz de mi amado! He aquí él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados.

9Mi amado es semejante al gamo, ó al cabrito de los ciervos. Helo aquí, está tras nuestra pared, mirando por las ventanas, mostrándose por las rejas.

10Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente.

11Porque he aquí ha pasado el invierno, hase mudado, la lluvia se fué;

12Hanse mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción es venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola;

13La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor: levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente.

14Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oir tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.

15Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan á perder las viñas; pues que nuestras viñas están en cierne.

16Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios.

17Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, tórnate, amado mío; sé semejante al gamo, ó al cabrito de los ciervos, sobre los montes de Bether.

Cantar de los Cantares 2:1-17

«Ha pasado el invierno». Dicha así, no es un parte del tiempo: es una invitación. La dice el amado de este poema a la joven que está adentro, y con esa frase el capítulo cambia de ritmo. Hasta ahí se habían intercambiado elogios; desde aquí alguien llega, se asoma y llama. Hay etapas de la vida en que lo más necesario es oír justo eso: una voz que diga que un tiempo pesado terminó y que afuera empieza otro.

El capítulo comienza con elogios que van y vienen. Ella se llama a sí misma la rosa de Sarón, y él le responde: «Como el lirio entre las espinas, así es mi amiga entre las doncellas». Ella dice que él es un manzano entre los árboles silvestres: «bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fué dulce á mi paladar». Habla de un abrazo, de una bandera de amor sobre ella, y dice estar enferma de amor, que es su manera de contar cuánto lo desea.

Después oye su voz: viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados, y se queda tras la pared, mirando por las ventanas y por las rejas. Le dice: «Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente». La razón es la estación: salieron las flores, se oye la tórtola, la higuera echó sus higos y las vides dan olor. La llama paloma, que está en los huecos de la peña, y le pide: «muéstrame tu rostro, hazme oir tu voz».

Dos frases frenan el entusiasmo. Una ruega a las doncellas de Jerusalem que no despierten al amor antes de que él quiera: el amor no se apura ni se fuerza. La otra es un pedido: «Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan á perder las viñas; pues que nuestras viñas están en cierne». Cierne quiere decir en flor, sin fruto todavía. Es un cuidado muy concreto: lo que apenas florece se protege de lo pequeño que puede dañarlo.

Hoy también hay inviernos largos, y a veces nos acostumbramos a ellos: nos quedamos en la rutina como en el hueco de una roca, sin mostrar la cara ni la voz. Y hoy también hay zorras pequeñas: un mensaje sin responder, una queja que se guarda, una conversación que se aplaza una y otra vez. Ninguna es grande, pero el texto dice que echan a perder lo que está floreciendo.

El capítulo consuela y compromete a la vez: consuela, porque el invierno no es el final; compromete, porque lo que está en flor pide cuidado. Quien cree en Cristo puede oír, en esa voz que se asoma por la ventana, un eco suyo: no esperó a que subiéramos hasta donde él está; vino, se acercó y nos invitó a salir al sol.

Para vivirlo hoy

¿A quién de tu familia, de tu trabajo o de tu comunidad solo le hablas últimamente de lo urgente? Hoy llámala o escríbele para decirle una cosa buena y verdadera que ves en ella, sin pedirle nada a cambio ni esperar respuesta inmediata. Con una frase sencilla basta.

Para meditar

  • ¿Hay algún invierno largo en tu vida que ya empezó a pasar, aunque todavía no lo notes?
  • ¿Cuál es hoy una zorra pequeña que amenaza algo que apenas está floreciendo en tus relaciones?
  • ¿Qué te ayudaría a mostrar tu rostro y tu voz ante Cristo, sin esconderte en la rutina?

Oración

Confieso que a veces me escondo: prefiero las grietas de mi rutina antes que mostrar el rostro y la voz. Me cuesta esperar que el invierno pase, y salir cuando alguien me llama. Jesús, gracias porque te acercas, te asomas y me invitas a ir contigo. Cuida lo que empieza a florecer en mis relaciones y aparta las pequeñas cosas que lo estropean. Que tu amor sea la bandera sobre mis días. Dame valor para decir hoy una palabra buena. Amén.

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