Gracia y perdón
El evangelio que no se recibió de ningún hombre
Lectura · Gálatas 1:1-23
1PABLO, apóstol, (no de los hombres, ni por hombre, mas por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos),
2Y todos los hermanos que están conmigo, á las iglesias de Galacia:
3Gracia sea á vosotros, y paz de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo,
4El cual se dió á sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme á la voluntad de Dios y Padre nuestro;
5Al cual sea la gloria por siglos de siglos. Amén.
6Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis traspasado del que os llamó á la gracia de Cristo, á otro evangelio:
7No que hay otro, sino que hay algunos que os inquietan, y quieren pervertir el evangelio de Cristo.
8Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema.
9Como antes hemos dicho, también ahora decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema.
10Porque, ¿persuado yo ahora á hombres ó á Dios? ¿ó busco de agradar á hombres? Cierto, que si todavía agradara á los hombres, no sería siervo de Cristo.
11Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio que ha sido anunciado por mí, no es según hombre;
12Pues ni yo lo recibí, ni lo aprendí de hombre, sino por revelación de Jesucristo.
13Porque ya habéis oído acerca de mi conducta otro tiempo en el Judaismo, que perseguía sobremanera la iglesia de Dios, y la destruía;
14Y aprovechaba en el Judaismo sobre muchos de mis iguales en mi nación, siendo muy más celador que todos de las tradiciones de mis padres.
15Mas cuando plugo á Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia,
16Revelar á su Hijo en mí, para que le predicase entre los Gentiles, luego no conferí con carne y sangre;
17Ni fuí á Jerusalem á los que eran apóstoles antes que yo; sino que me fuí á la Arabia, y volví de nuevo á Damasco.
18Después, pasados tres años, fuí á Jerusalem á ver á Pedro, y estuve con él quince días.
19Mas á ningún otro de los apóstoles vi, sino á Jacobo el hermano del Señor.
20Y en esto que os escribo, he aquí, delante de Dios, no miento.
21Después fuí á las partes de Siria y de Cilicia;
22Y no era conocido de vista á las iglesias de Judea, que eran en Cristo;
23Solamente habían oído decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que en otro tiempo destruía.
En medio de una lista de viajes, Pablo se detiene para decir: «delante de Dios, no miento». Nombra Arabia, Damasco, Jerusalén, Siria y Cilicia, y no son un paseo: muestran, paso a paso, que el evangelio que predica no lo recibió de ningún hombre. Ya lo había dicho al comenzar: no es apóstol de parte de hombres ni por medio de un hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos.
Escribe junto con todos los hermanos que están con él, a las iglesias de Galacia, y empieza con gracia y paz. Enseguida dice lo esencial: Jesucristo «se dió á sí mismo por nuestros pecados» para librarnos de este presente siglo malo, es decir, de este mundo tal como hoy se presenta, conforme a la voluntad de Dios nuestro Padre. Con esa frase Pablo pone la base de todo lo que sigue.
Después viene el asombro. Pablo está maravillado, hoy diríamos sorprendido, de que tan pronto hayan pasado de quien los llamó a la gracia de Cristo a otro evangelio. Aclara que no hay otro: hay algunos que los inquietan y quieren torcer el evangelio de Cristo. Y usa la palabra más dura de la carta: quien anuncie otro evangelio, sea él mismo o un ángel del cielo, «sea anatema», que quiere decir que quede bajo la condena de Dios. Lo repite. Su asunto es uno solo: la gracia de Cristo; si buscara agradar a los hombres, dice, no sería siervo de Cristo.
Luego cuenta quién era antes, y no lo suaviza: perseguía sobremanera la iglesia de Dios y la destruía. Además, avanzaba en el judaísmo más que muchos de su edad y era muy celoso de las tradiciones de sus padres. Pero cuando a Dios le agradó, el mismo que lo había apartado desde el vientre de su madre, «me llamó por su gracia» para revelar a su Hijo en él, y que lo predicara entre los gentiles, quienes no eran judíos. Lo que Pablo muestra de Dios es esto: la iniciativa fue suya, incluso con un perseguidor.
Tras ser llamado no fue a consultar a nadie: se fue a Arabia y volvió a Damasco. Pasados tres años subió a Jerusalén a ver a Pedro y estuvo con él quince días; de los demás apóstoles solo vio a Jacobo, el hermano del Señor. Las iglesias de Judea ni lo conocían de vista: solo habían oído decir «Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que en otro tiempo destruía». Hoy, cuando a tantas personas se las define por lo peor de su historia, esa frase recuerda que la gracia puede escribir otra.
Todo el capítulo gira alrededor de Jesús: el que se dio a sí mismo por nuestros pecados, el Hijo revelado en Pablo, el evangelio que nadie tiene derecho a cambiar. Por eso Pablo puede vivir sin buscar el aplauso de nadie y sin esconder su pasado. ¿Qué cambiaría en tu día si descansaras de verdad en esa gracia?
Para vivirlo hoy
Elige un momento tranquilo de hoy y lee despacio, tres veces, esta frase: «Gracia sea á vosotros, y paz de Dios el Padre». Después quédate un minuto en silencio, sin pedir nada, recibiéndola como si fuera dicha para ti. Si tu mente se dispersa, vuelve a la frase sin apuro.
Para meditar
- ¿A quién sueles querer agradar al decidir, y qué cambia cuando piensas en servir a Cristo?
- ¿Qué parte de tu historia te cuesta creer que la gracia de Dios puede transformar?
- ¿Cómo puedes recordar, esta semana, que el evangelio es algo que se recibe y no algo que se gana?
Oración
Señor Jesús, tú te diste a ti mismo por nuestros pecados, y eso es lo que Pablo no dejó que nadie cambiara. Gracias porque llamaste por gracia a quien perseguía a tu iglesia, y porque nadie queda fuera de ese llamado. Cuando busquemos agradar a otros antes que a ti, vuelve a ponernos delante de tu rostro. Guárdanos de otro evangelio que suene bien pero no salve, y enséñanos a hablar con verdad de lo que hemos recibido. A ti sea la gloria por siglos de siglos. Amén.