Sufrimiento y consuelo
Cuatro plagas seguidas y un clamor en la casa de Dios
Lectura · Joel 1:1-19
1PALABRA de Jehová que fué á Joel hijo de Pethuel.
2Oid esto, viejos, y escuchad, todos los moradores de la tierra. ¿Ha acontecido esto en vuestros días, ó en los días de vuestros padres?
3De esto contaréis á vuestros hijos, y vuestros hijos á sus hijos, y sus hijos á la otra generación.
4Lo que quedó de la oruga comió la langosta, y lo que quedó de la langosta comió el pulgón; y el revoltón comió lo que del pulgón había quedado.
5Despertad, borrachos, y llorad; aullad todos los que bebéis vino, á causa del mosto, porque os es quitado de vuestra boca.
6Porque gente subió á mi tierra, fuerte y sin número; sus dientes, dientes de león, y sus muelas, de león.
7Asoló mi vid, y descortezó mi higuera: del todo la desnudó y derribó: sus ramas quedaron blancas.
8Llora tú como moza vestida de saco por el marido de su juventud.
9Pereció el presente y la libación de la casa de Jehová: los sacerdotes ministros de Jehová hicieron luto.
10El campo fué destruído, enlutóse la tierra; porque el trigo fué destruído, se secó el mosto, perdióse el aceite.
11Confundíos, labradores, aullad, viñeros, por el trigo y la cebada; porque se perdió la mies del campo.
12Secóse la vid, y pereció la higuera, el granado también, la palma, y el manzano; secáronse todos los árboles del campo; por lo cual se secó el gozo de los hijos de los hombres.
13Ceñíos y lamentad, sacerdotes; aullad, ministros del altar; venid, dormid en sacos, ministros de mi Dios: porque quitado es de la casa de vuestro Dios el presente y la libación.
14Pregonad ayuno, llamad á congregación; congregad los ancianos y todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad á Jehová.
15¡Ay del día! porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso.
16¿No es quitado el mantenimiento de delante de nuestros ojos, la alegría y el placer de la casa de nuestro Dios?
17El grano se pudrió debajo de sus terrones, los bastimentos fueron asolados, los alfolíes destruídos; porque se secó el trigo.
18¡Cuánto gimieron las bestias! ¡cuán turbados anduvieron los hatos de los bueyes, porque no tuvieron pastos! también fueron asolados los rebaños de las ovejas.
19A ti, oh Jehová, clamaré: porque fuego consumió los pastos del desierto, y llama abrasó todos los árboles del campo.
Primero la oruga, después la langosta, luego el pulgón y por último el revoltón: cuatro clases de insectos, uno detrás de otro, y cada uno se comió lo que el anterior había dejado. Antes de contar el desastre, la palabra de Jehová que llegó a este profeta pide a los ancianos y a todos los habitantes que recuerden si algo así había pasado en sus días o en los de sus padres. Y les pide contarlo a sus hijos, y ellos a los suyos.
Lo que sigue es una lista de pérdidas. Algo «fuerte y sin número», con dientes de león, sube contra la tierra: deja la vid destrozada y la higuera pelada, con las ramas blancas. Se pierden el trigo, la cebada, el aceite y el vino nuevo. Se secan el granado, la palma, el manzano y todos los árboles del campo. Y el texto resume lo que todo eso significa en una sola frase: «se secó el gozo de los hijos de los hombres».
El llanto alcanza a todos. Se pide llorar a una joven vestida de saco, esa tela áspera de los días de luto, por el marido de su juventud; a los labradores y a los que cuidan las viñas; a los sacerdotes, que ya no tienen ofrendas para presentar en la casa de Jehová. Hasta los animales entran en la escena: gimen las bestias y los rebaños andan turbados porque no hay pasto. Nadie queda fuera de esta pena, y no es una pena pequeña.
Aquí aparece lo que este capítulo muestra de Dios. Su palabra no manda callar el dolor ni maquillarlo. Manda lo contrario: pregonar ayuno, convocar una reunión, juntar a los ancianos y a todos los habitantes en la casa de Jehová, y clamar a él. El texto tampoco suaviza nada: dice que cercano está el día de Jehová y que llega como destrucción por el Todopoderoso. Pero aun ahí lo primero que pide es acercarse a Dios, todos juntos.
Hoy quizá no vivimos de una higuera, pero vivimos de un sueldo, de un negocio, de unas manos sanas. A veces se seca lo que nos sostenía, y no de golpe: una pérdida detrás de otra, como los cuatro insectos. El texto no pide fingir que todo está bien. En vez de callar, Joel clama y llama a los demás a hacerlo juntos. Quien lee con fe cristiana sabe además que ese clamor tiene oídos: Jesús se hizo cercano a los que lloran.
Hoy no hace falta resolver la pérdida entera. Basta una invitación pequeña: nombra ante Dios, con palabras sencillas, una cosa que se te ha secado, y dile lo mismo que dice Joel al final de este capítulo: «A ti, oh Jehová, clamaré». No tiene que sonar bonito. Si te salen pocas palabras, esas bastan.
Para vivirlo hoy
¿Quién en tu círculo cercano ha perdido algo grande este año: un trabajo, unos ahorros, la salud, un ser querido? Escríbele hoy mismo o llámale y pregúntale cómo está. Luego escucha, sin apurarte a arreglar nada ni a explicar por qué pasó. A veces lo primero que necesita quien perdió es alguien que se siente cerca.
Para meditar
- ¿Qué se te ha ido secando este año, y a quién podrías contárselo esta semana?
- ¿Qué cambia cuando llevas tu pérdida a Dios junto con otras personas, en vez de cargarla en silencio?
- ¿Qué recuerdo de una época difícil de tu familia vale la pena contar a los más jóvenes, y qué te enseñó?
Oración
Escucha mi clamor cuando se seca lo que sostenía mi alegría. Tú ves los campos pelados y las despensas vacías, las de cerca y las de lejos. Reúne a tu pueblo para clamar a ti, y no dejes que nadie atraviese una pérdida sin compañía. Consuela a quienes hoy no tienen pan ni ánimo. Enséñame a acompañar sin apurar el llanto de nadie. A ti clamo, Dios mío: sé mi refugio cuando el árbol no da fruto. Amén.