Sufrimiento y consuelo
Cuando nadie puede discutir con Dios y aun así hablas
Lectura · Job 9:1-31
1Y RESPONDIÓ Job, y dijo:
2Ciertamente yo conozco que es así: ¿y cómo se justificará el hombre con Dios?
3Si quisiere contender con él, no le podrá responder á una cosa de mil.
4El es sabio de corazón, y poderoso en fortaleza: ¿quién se endureció contra él, y quedó en paz?
5Que arranca los montes con su furor, y no conocen quién los trastornó:
6Que remueve la tierra de su lugar, y hace temblar sus columnas:
7Que manda al sol, y no sale; y sella las estrellas:
8El que extiende solo los cielos, y anda sobre las alturas de la mar:
9El que hizo el Arcturo, y el Orión, y las Pléyadas, y los lugares secretos del mediodía:
10El que hace cosas grandes é incomprensibles, y maravillosas, sin número.
11He aquí que él pasará delante de mí, y yo no lo veré; y pasará, y no lo entenderé.
12He aquí, arrebatará; ¿quién le hará restituir? ¿Quién le dirá, Qué haces?
13Dios no tornará atrás su ira, y debajo de él se encorvan los que ayudan á los soberbios.
14¿Cuánto menos le responderé yo, y hablaré con él palabras estudiadas?
15Que aunque fuese yo justo, no responderé; antes habré de rogar á mi juez.
16Que si yo le invocase, y él me respondiese, aun no creeré que haya escuchado mi voz.
17Porque me ha quebrado con tempestad, y ha aumentado mis heridas sin causa.
18No me ha concedido que tome mi aliento; mas hame hartado de amarguras.
19Si habláremos de su potencia, fuerte por cierto es; si de juicio, ¿quién me emplazará?
20Si yo me justificare, me condenará mi boca; si me dijere perfecto, esto me hará inicuo.
21Bien que yo fuese íntegro, no conozco mi alma: reprocharé mi vida.
22Una cosa resta que yo diga: Al perfecto y al impío él los consume.
23Si azote mata de presto, ríese de la prueba de los inocentes.
24La tierra es entregada en manos de los impíos, y él cubre el rostro de sus jueces. Si no es él, ¿quién es? ¿dónde está?
25Mis días han sido más ligeros que un correo; huyeron, y no vieron el bien.
26Pasaron cual navíos veloces: como el águila que se arroja á la comida.
27Si digo: Olvidaré mi queja, dejaré mi aburrimiento, y esforzaréme:
28Contúrbanme todos mis trabajos; sé que no me darás por libre.
29Yo soy impío, ¿para qué trabajaré en vano?
30Aunque me lave con aguas de nieve, y limpie mis manos con la misma limpieza,
31Aun me hundirás en el hoyo, y mis propios vestidos me abominarán.
Son las once de la noche y el sueño no llega. Sigues repasando una conversación con el banco, con el médico o con alguien que decide sobre tu vida, y sabes de antemano que por mucho que expliques nadie te va a dar la razón. Los días de esta semana se fueron volando y ninguno dejó algo bueno. Ese cansancio de ver que todo te supera, sin saber con quién discutir, es el que Job pone en palabras en este capítulo.
Job toma la palabra y dice que conoce cómo son las cosas, y pregunta «cómo se justificará el hombre con Dios». Justificarse quiere decir salir con la razón, quedar sin culpa ante alguien. Si quisiera discutir con Dios, «no le podrá responder á una cosa de mil». Enseguida lo describe con asombro: arranca los montes, hace temblar la tierra, manda al sol y este no sale, extiende solo los cielos. Nombra hasta las estrellas del Arcturo, el Orión y las Pléyadas.
Lo que Job afirma de Dios es firme: «sabio de corazón, y poderoso en fortaleza». Hace cosas «grandes é incomprensibles, y maravillosas, sin número», tan grandes que no caben en la cabeza. Job reconoce también el límite de su vista: «él pasará delante de mí, y yo no lo veré». Nadie le pide cuentas ni le pregunta qué hace. Desde esa altura, Job mide cuánto puede decir él.
Desde el versículo catorce el tono se vuelve personal. Aun siendo justo, Job no le respondería: le rogaría, como quien ruega a su juez. Dice que Dios lo quebró con tempestad, que sus heridas crecieron sin motivo y que no lo deja tomar aliento. Llega a decir que Dios se ríe de la prueba de los inocentes. Son palabras de un hombre herido, y la Biblia las conserva tal cual: se puede hablar de Dios, y hasta a él, con el corazón en carne viva.
Los últimos versículos son los más agotados. Sus días corren «más ligeros que un correo», como un mensajero que no se detiene, y pasan sin ver el bien. Quiere olvidar su queja y no puede. Dice que ni lavándose con aguas de nieve quedaría limpio, y pregunta para qué trabajar en vano. Quizá conozcas algo de esa fatiga. Si es así, no te quedes rumiándola en silencio: háblalo con tu pastor o con alguien que sea de tu entera confianza, y si asoma la idea de hacerte daño, pide ayuda profesional cuanto antes.
El evangelio anuncia que Jesús vino por quien no logra limpiarse por sí mismo, y eso también consuela. Pero en este capítulo lo que queda de pie es lo que Job dijo de Dios, aun en su queja. Ninguna tempestad lo toma por sorpresa, ningún día nuestro le queda lejos. El que hizo el Arcturo, el Orión y las Pléyadas es «sabio de corazón, y poderoso en fortaleza».
Para vivirlo hoy
Cada noche de esta semana, antes de dormir, di a Dios en voz alta lo que te pesa, con las palabras que tengas y sin maquillarlas, como hizo Job. No busques una respuesta inmediata. Después quédate un minuto en silencio, sabiendo que lo dijiste a quien es «sabio de corazón, y poderoso en fortaleza».
Para meditar
- ¿Qué cosa te gustaría discutir hoy con Dios, y qué cambia si se la dices tal cual, sin adornarla?
- ¿Qué parte de lo creado, el cielo, un monte o el mar, te recuerda que Dios es más grande que lo que hoy te agobia?
- Job piensa rogar a su juez en lugar de presentarle sus méritos: ¿qué cambia en ti al acercarte a Dios pidiendo misericordia y no razón?
Oración
Dame palabras honestas para decirte lo que me pesa, sin adornos y sin esconder nada. Tú eres sabio de corazón y poderoso en fortaleza, y yo apenas alcanzo a ver una parte de lo que haces. Cuando mis días pasen veloces y no entienda por qué, no me dejes creer que estoy a solas con mi queja. Acércame a ti con misericordia, porque no tengo méritos que presentarte, y sostenme mientras espero. Por Jesús, que viene por quienes no logran limpiarse. Amén.