Justicia y compasión
Cuando lo dulce se llama amargo
Lectura · Isaías 5:19-30
19Los cuales dicen: Venga ya, apresúrese su obra, y veamos: acérquese, y venga el consejo del Santo de Israel, para que lo sepamos!
20¡Ay de los que á lo malo dicen bueno, y á lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!
21¡Ay de los sabios en sus ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos!
22¡Ay de los que son valientes para beber vino, y hombres fuertes para mezclar bebida;
23Los que dan por justo al impío por cohechos, y al justo quitan su justicia!
24Por tanto, como la lengua del fuego consume las aristas, y la llama devora la paja, así será su raíz como pudrimiento, y su flor se desvanecerá como polvo: porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel.
25Por esta causa se encendió el furor de Jehová contra su pueblo, y extendió contra él su mano, é hirióle; y se estremecieron los montes, y sus cadáveres fueron arrojados en medio de las calles. Con todo esto no ha cesado su furor, antes está su mano todavía extendida.
26Y alzará pendón á gentes de lejos, y silbará al que está en el cabo de la tierra; y he aquí que vendrá pronto y velozmente.
27No habrá entre ellos cansado, ni que vacile; ninguno se dormirá ni le tomará sueño; á ninguno se le desatará el cinto de los lomos, ni se le romperá la correa de sus zapatos.
28Sus saetas amoladas, y todos sus arcos entesados; las uñas de sus caballos parecerán como de pedernal, y las ruedas de sus carros como torbellino.
29Su bramido como de león; rugirá á manera de leoncillos, rechinará los dientes, y arrebatará la presa; la apañara, y nadie se la quitará.
30Y bramará sobre él en aquel día como bramido de la mar: entonces mirará hacia la tierra, y he aquí tinieblas de tribulación, y en sus cielos se oscurecerá la luz.
¿Qué le pasa a un pueblo cuando ya no distingue lo dulce de lo amargo? Isaías responde con una serie de advertencias que empiezan igual: ¡Ay de los que...! Es la palabra de quien ve venir el daño y avisa a tiempo. Lo que describe no es un pecado escondido en un rincón, sino una forma de hablar y de decidir tan torcida que las palabras dejaron de señalar el camino.
Primero aparecen quienes desafían a Dios: «Venga ya, apresúrese su obra, y veamos». Después, quienes le cambian el nombre a las cosas: «á lo malo dicen bueno, y á lo bueno malo». Luego, los «sabios en sus ojos», que solo se escuchan a sí mismos. Y el texto baja a la calle: hay «valientes para beber vino, y hombres fuertes para mezclar bebida», y jueces que «dan por justo al impío por cohechos». Cohechos quiere decir sobornos. Con dinero, el culpable sale libre y al justo le quitan lo que le corresponde.
«Por tanto, como la lengua del fuego consume las aristas, y la llama devora la paja». Las aristas son las barbas secas de la espiga, y la paja, lo que sobra del grano: nada que un fuego tarde en tragarse. Así se pudrirá la raíz de ese pueblo y su flor será polvo, «porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel». Vienen cadáveres arrojados en medio de las calles y pueblos de lejos que llegan veloces, con los arcos tensados. Al final solo quedan tinieblas. Todo esto dice algo de Dios: no le da igual lo que un pueblo hace con la verdad y con el justo. Y quien lee con fe nota algo más: nadie avisa con tanto detalle a quien no le importa.
Las palabras torcidas no son cosa de otro tiempo. Hoy se le llama viveza a una trampa pequeña, franqueza a una dureza que hiere, costumbre a algo que sabemos que no está bien. Y la sabiduría propia toma la forma de experiencia: ya sé cómo son las cosas, no me digas más. A veces empieza de a poco, y el texto muestra adónde puede llegar. Volver a llamar a cada cosa por su nombre ayuda a no llegar hasta allí.
Hay una diferencia enorme entre el juez del texto y el Dios que perdona. El juez corrupto declara justo al culpable a cambio de un pago escondido. Dios declara justo a quien confía en Cristo, pero no en secreto ni por soborno: el precio lo puso él mismo en la cruz, a la vista de todos. Su justicia no se compra, y su perdón tampoco le salió barato.
Por eso, hoy, cuando te descubras usando una palabra suave para algo que sabes que pesa, detente un momento. Dile a Dios cómo se llama en realidad, sin adornos y sin miedo a su respuesta. Quien nos avisa con tanta claridad es el mismo que nos espera con el perdón abierto. Empieza con una sola palabra; cabe en un minuto.
Para vivirlo hoy
Al caer la tarde, hoy y los dos días que siguen, escribe en una sola línea algo que hiciste o dijiste y que tal vez presentaste mejor de lo que era. Ponle su nombre verdadero y llévalo a Dios en oración, confiando en que su perdón es real. La práctica es pequeña a propósito: se trata de recuperar el oído para distinguir lo dulce de lo amargo.
Para meditar
- ¿Qué palabra suave usas para algo que en el fondo sabes que pesa más de lo que aparenta?
- ¿A quién escuchas cuando necesitas que te digan lo que no quieres oír?
- ¿Dónde, en tu casa, tu trabajo o tu iglesia, hace falta hoy que alguien vuelva a llamar a cada cosa por su nombre?
Oración
Dios santo, tú avisas antes de que el daño llegue, y por eso te doy gracias. Devuélveme el oído para distinguir lo dulce de lo amargo, y líbrame de la sabiduría que solo se escucha a sí misma. Cuida a los jueces y a todos los que deciden por otros, para que no vendan lo justo. Que pueda llamar bueno a lo bueno y malo a lo malo, aun cuando me convenga mirar hacia otro lado. Gracias porque tu palabra no es humo y tu ley no es un adorno. Por Cristo, que pagó lo que yo no podía pagar, te lo pido. Amén.